Escultura pública no figurativa (1980-s.XXI)

La escultura bebe la abstracción de la pintura. Fueron los pintores los primeros en librarse de la imitación y de los conceptos tradicionales y preconcebidos de la forma. El cubismo y el futurismo, así como las obras de pintores dedicados a la escultura como Picasso o Matisse llevaron a la escultura moderna a una creciente libertad frente al objeto.

El constructivismo, surgido en Rusia halló sus maestros y teóricos allí, con Naum Gabo y su hermano Antoine Pevsner. Más tarde, en París, se unirían al grupo “Abstraction-creation”. Empleando cobre, plexiglás, cristal, alambre de latón o de plástico, renuncian a los planos angulosos y los substituyen por superficies curvas, formas abiertas, que desarrollan en un espacio identificado con la dimensión del tiempo.

Las nociones de masa, volumen, peso, estabilidad, son abolidas en favor de texturas transparentes, vaciadas y de planos curvos, replegados que rompen o detienen la luz. En su intento por expresar, con lógica severa, el ritmo continuo del universo, ambos hermanos han hecho mucho por la escultura no figurativa. Puede considerarse también como «constructivistas» (en el sentido amplio del término), al español Chillida. Hay que añadir al húngaro Nicolás Schoffer, inventor del «espaciodinamismo», en París, síntesis animada de escultura, pintura y movimiento; así como al suizo Tinguely, que completa la forma en movimiento por la velocidad. Tal exceso de libertad determinó la reacción neorrealista en Europa y la del Pop-Art en América.

Al parecer, de lo que más carecía la escultura no figurativa era de monumentalidad. La revolución arquitectónica de la segunda posguerra despertaría la emulación de arquitectos y escultores. La capilla de Ronchamp construida en Francia por Le Corbusier es una escultura a escala arquitectónica.