Museo del Mar

El Museo del Mar es una obra de extraordinario interés ya que es uno de los últimos proyectos del desaparecido arquitecto Aldo Rossi, firmado en colaboración con el Premio Nacional de Arquitectura, el gallego César Portela. El Museo del Mar es la única realización de Rossi en España. La inversión realizada es de 17 millones de euros.

En el proyecto cabe distinguir seis partes: el jardín; un conjunto de cinco naves rehabilitadas (de las que tres se destinan a museo y dos a talleres y depósito de materiales); una plaza empedrada que permite la comunicación entre las playas que hay a los dos lados; un edificio de nueva planta construido sobre el límite de una parcela ganada al mar; y un muelle en el que se ubica un acuarium, un amarre de barcos históricos y un faro de señalización. Tanto Rossi como Portela describen siempre como sexto elemento... el mar que rodea y baña toda la actuación.

Es el propio César Portela quien describe su obra: “En este proyecto los espacios edificados, tanto los que se rehabilitan como los de nueva planta, así como los espacios vacíos que entre ellos se conforman, además de recibir un tratamiento arquitectónico singular, se conciben formando parte de un conjunto de orden superior: El Museo del Mar de Galicia. Este conjunto se comporta como una pieza urbanística que sirve de transición entre la Tierra y el Mar, y se configura como un Cabo, mitad Naturaleza, mitad Artificio, en este paradigmático lugar del borde litoral, próximo a la ciudad de Vigo, que incorpora la Ría como una parte mas del proyecto, sin duda más importante.

El Museo del Mar de Galicia, se concibe así como un único e inequívoco ámbito espacial con identidad propia, tal como requiere la función que alberga y la singularidad del lugar en el que se ubica, delimitado en parte por un muro perimetral y en parte, por el propio mar, y lleno a su vez, de espacios menores, dotados de fuerte arraigo y personalidad, en los que tienen cabida los más diversos usos que el Programa contempla, y que a medida que se suceden, van creando secuencias capaces de transportarnos a través de jardines, edificios, patios, plazas, paseos ,pasarelas, muelles…, desde la tierra firme hasta orillamar. Y todo ello sin manifestar la menor disfunción o desequilibrio, sino por el contrario, logrando un continuo armónico en el que tienen cabida las funciones más rigurosas y las más lúdicas, y donde los espacios públicos y los privados se suceden, se combinan y se funden como partes de un todo, donde el tiempo y el espacio se ponen al servicio de la Cultura y de la Naturaleza.

La obra, en su conjunto, es un escenario que se sabe incompleto sin la presencia de usuarios: los visitantes del museo, quienes en sus desplazamientos a través de los diferentes ámbitos, delimitados por fachadas y cubiertas cuando son cerrados, o simplemente por muros cuando son abiertos, y en sus aproximaciones o en sus alejamientos a los huecos en ellos practicados, completarán el discurso expositivo del museo, con el disfrute del mar y el cielo que, tras ellos, se ofrecen en toda su inmensidad y belleza.

Los muros, de fábrica de piedra, acotan recintos que, en ocasiones se transforman en fachadas, las cuales una veces acercan y otras alejan el mar, pero siempre defienden de los vientos y de las lluvias que, con frecuencia, alcanzan el grado de temporales, y arrecian desde la boca de la ría. La aproximación o el alejamiento al paisaje se debe a esos huecos practicados en los muros, que según su posición y formato, enmarcan visiones insólitas y variadas, y las convierten en el principal y, sin duda, en el más real y rico material museístico que en el Museo se ofrece.

Las ventanas son como ojos dotados de geometría aristada, que captan escenas marinas, allí donde éstas se hallan, las enmarcan, se apropian de ellas, las acercan y se las ofrecen a los visitantes como si de una colección de cuadros se tratara. Pero todo ello no deja de ser un espejismo, porque el mar, que parece dejarse atrapar y ofrecerse en esta variada serie de marcos o escaparates, que los huecos de los muros simulan, sigue vivo y libre, cumpliendo su cometido, y dejándose surcar incesantemente por barcos, marinos y marineros que viven en él y de él.

Todo el conjunto edificado, conformado por dos familias de naves y un edificio y una pasarela elevada que las relaciona, puede considerarse un observatorio desde el cual contemplar y disfrutar el mar, en tanto que se recorren sus espacios interiores. Pero, a mayores, y como complemento de estos, se han proyectado una serie de espacios exteriores de diferente tamaño, configuración y funcionalidad: plazas, patios, galerías, balcones, jardines…, localizados en puntos estratégicos del conjunto. Su diferente localización, y la peculiar tipología y proporción de cada uno de ellos, permite visiones singulares y diferentes, todas ellas complementarias del único paisaje exterior: el Mar. El Patio de la Palmera, el Mirador de Poniente, la Plaza del Puerto, la Plaza de Barlovento, la Galería de la Taberna del Puerto, el Patio de Sotavento, la Plaza del Faro y los miradores de la Base o el de la Linterna, también del faro, configuran una constelación de sitios, que hace posible que cada visitante encuentre el suyo propio”.

Situación:
Vigo. Pontevedra

Estructura:
Antonio Reboreda Martinez

Instalaciones:

Luis Durán y Carmelo Freire

Dirección de Obra:
Cesar Portela
Arturo Conde
Rodrigo Portanet

Arquitectos Técnicos:
José Antonio Suarez Portiño
Alberto Loredo Iglesias

Promotor:
Consorcio de la zona Franca de Vigp

Empresa Constructora:
Necso Entecanales Cubiertas

Presupuesto:
10.818.217 €

 

Fuente: Liceus

Fuente: Enllave

Fuente: Museo do Mar